¿Qué es el fundamentalismo? Crítica del poder occidental y cristiano


      3.--------- FUNDAMENTALISMO CRISTIANO:

      De todos los fundamentalismos, los cristianos han sido los más perniciosos porque han sido uno de los elementos básicos que han formado el cemento ideológico del modo de producción capitalista, y antes del feudalismo y de la readecuación de la última fase del esclavismo, aunque no podemos analizar las relaciones del esclavismo y feudalismo con el modo de producción tributario. Precisamente, el salto que supuso la irrupción de la mentalidad burguesa y las modernizaciones dogmáticas correspondientes introducidas por el protestantismo, tiene mucho que ver con la distancia existente entre la cosmovisión centrada en el tributo y la centrada en la venta de la fuerza de trabajo: el esfuerzo fundamentalista tridentino estaba destinado a salvar lo básico de la primera cosmovisión, de la que dependía el monopolio del poder por parte de Roma.

      Hemos dicho al comienzo que el cristianismo, como unidad dogmática esencial común a todas sus variables, está más predispuesto al autoritarismo fundamentalista precisamente por su naturaleza interna, que las otras religiones. Dejando las sapienciales y ciñéndonos a las proféticas, la diferencia del cristianismo con respecto al judaísmo e islamismo nace de dos causas interrelacionadas: una, que el cristianismo, en contra de lo que se dice, lleva a un nivel más alto el contenido de odio vengativo del Yahvé del Antiguo Testamento y otra, que el cristianismo polariza en la mítica figura de Cristo, que no tanto de Jesús -la diferencia es importante- la totalidad de lagunas, vacíos, contradicciones lógico-históricas y trampas y falsedades insostenibles que han surgido en su proceso social de construcción.

      El judaísmo puede descargar sus incongruencias en una larga lista de profetas y patriarcas, en una compleja red de explicaciones que incluyen la salida de emergencia del misterio kabalístico y de la libre reinterpretación de los libros. El Islam exculpa a Mahoma de la totalidad de sus incongruencias y las carga inmediatamente en un Alá dotado de todos los atributos del dios cristiano, pero con la ventaja de que, por ser dios y no hombre, a diferencia de la segunda persona de la Trinidad cristiana, está libre de toda contaminación carnal. Puede así recurrir siempre a la fe y a las libres interpretaciones que hacen las diversas escuelas teológicas.

      Por desgracia para él, el cristianismo carece de refugios irracionales tan sólidos ante la crítica racional. Al contrario, su mismo galimatías y desorden teológico, son muestras de una debilidad de fondo que le obliga a una permanente reafirmación. De ahí al fundamentalismo sólo hay un trecho muy corto. Un trecho tan corto como el existente entre el Cristo crucificado por nuestros pecados y la tortura que aplica la Inquisición a un cristiano para salvarlo.

      La natural e ineluctable predisposición al fundamentalismo que tiene el cristiano, proviene, como hemos dicho, de esas dos causas:

      Una, el Cristo crucificado es la integración simbólica en el dogma de las tradiciones anteriores de sacrificios humanos y de canibalismo práctico y ritual. La sangre y la carne, el cuerpo real, físico y palpitante de los sacrificios humanos y del canibalismo, se transforma por el misterio de la transustanciación del Cuerpo de Cristo. El dolor atroz e insufrible de la víctima, su descuartizamiento en vida, que son actos necesarios para la expiación de las culpas humanas y la obtención del perdón de los dioses, ofendidos y enfadados, se ubica en el cuerpo divino-humano de Cristo mediante su crucifixión. El sacramento de la eucaristía, el ágape gozoso de los cristianos que se comen a su dios-hombre víctima, no solamente les une entre ellos, en comunión, sino a la vez le ata al dios-padre por cuanto éste ha sacrificado a su hijo, dios-hombre, para que mediante el sagrado canibalismo se cierren para siempre los peligros del pecado. Se hace un pacto de sangre y de carne. El alimento sagrado introduce en el cristiano una cadena eterna que le ata a su dios.

      Pero como la parte humana del dios es débil, pues él mismo ha implorado en el Gólgota, ha suplicado al dios-padre que le libre del tormento sacrificial, mucho más débiles, infinitamente débiles son las criaturas humanas. Y por ello, para evitar la permanente recurrencia del pecado, el sacrificio se refuerza y recuerda con el primer mandamiento: amarás a dios sobre todas las cosas. No existe pues opcionalidad alguna, libertad de rechazo o duda: amar es un mandamiento porque el humano es débil y olvida con facilidad que ha comido la carne y ha bebido la sangre de su dios. Si la segunda persona de la Trinidad no fuera dios-hombre, sino sólo dios, estos problemas no existirían, pero entonces no existiría tampoco Trinidad, y el cristianismo ha sido construido socialmente como un sincretismo de otras religiones incapaces de responder a las necesidades de una nueva alienación funcional a la fase última del esclavismo; un sincretismo en el que el misterio de la Santísima Trinidad -irracional donde los haya- es básico para sostener el enclenque andamiaje alienador en la fase de descomposición del Imperio Romano.

      Cuando el amor es un deber impuesto por mandamiento, una obligación que de no cumplirse acarrea un pecado mortal, entonces, por su misma lógica, el poder monopolizador del dogma tiene no sólo derecho a advertir al pecador, sino obligación de salvarlo de la condenación eterna. Al fin y al cabo, Cristo se inmoló en el sacrificio humano, dando su cuerpo como alimento de redención. Y si él lo hizo, los cristianos también tienen sus obligaciones. De inmediato, pues, nace la justificación del control, de la censura, de la inquisición, de los mecanismos de mantenimiento del dogma frente al pecado. Y en determinados momentos críticos, esa débil frontera se cruza para dar paso al fundamentalismo de turno. En realidad, el primer acto fundamentalista del cristianismo fue la crucifixión de Cristo.

      Pero el problema se agrava con la segunda causa de la ineluctabilidad fundamentalista cristiana: el desconocimiento de quién, qué y cómo es Jesús el Cristo. Personalmente, soy de los que piensan que es bastante complicado sostener la historicidad concreta de Jesús como individuo real. Pienso que si se le aplican las exigencias de rigor metodológico exigibles a su época, resulta cuando menos problemático asegurar al cien por cien su concreta y real historicidad individual, aunque tampoco se puede, en base a los conocimientos actuales, sostener lo contrario, es decir, que no existiera en absoluto. Tal vez los papiros de Qumram pudieran demostrar la existencia histórica de Jesús, pero hasta ahora, que yo sepa, no se ha encontrado ningún texto que lo cite. Para acabar la disgresión, por demás secundaria en estos momentos, diré que, para mí, la hipótesis más plausible es que los Jesús que conocemos partieron de un Jesús mítico construido en base a referencias contradictorias, parciales y borrosas de varios sujetos históricos y reales que se destacaron en aquellos tensos tiempos, que dejaron diversas improntas y recuerdos y que, bajo la presión de los acontecimientos y las dificultades de compilación contrastable, más la necesidad social del poder, confluyeron en la imagen primera, paulina, de Jesús, después de ser filtrados y depurados por cedazos sucesivos.

      Pero incluso esta imagen, recogida en el Credo de los Apóstoles tal cual se oficializó en Calcedonia, es contradictoria consigo misma y falsa con respecto a la realidad histórica del momento en el que se supone vivió Jesús. De hecho, las innegables diferencias entre los evangelistas sugieren que éstos debieron escoger entre tradiciones diversas, optar por algunas abandonando otras. La fuerte presión de religiones que nada tenían que ver con el judaísmo así como el desconocimiento de la lengua que debió hablar Jesús, condicionaron desde el principio la selección, traducción y ensamblaje dentro de un corpus religioso aún abierto, echando por la borda otras versiones y recuerdos de hechos pasado. Mas como al poco tiempo se inició la depuración de las tesis que no convenían para la confluencia del cristianismo con el poder romano, se aceleró así la dinámica de construcción desde el poder conjunto del dogma definitivo.

      Quedaron así sin respuesta -no la podían tener, tampoco- interrogantes graves que una y otra vez reaparecerían como siniestros y diabólicos movimientos contestatarios: ¿qué dijo realmente Jesús sobre la riqueza? ¿Qué significa eso de al César lo que es del César y a dios lo que es de dios? ¿Y la espada de Pedro y eso de que quien a hierro mata, a hierro muere? ¿Era dios o no? ¿Por qué imploró en el Gólgota si era dios? ¿Era judío o galileo? ¿Profetizó la inmediata llegada del Reino o no? ¿Por qué entonces no se cumplían sus profecías? ¿No era el Mesías redentor y justiciero? ¿Por qué no repetía la Iglesia el milagro de los panes y de los peces? ¿Por qué no curaba la Iglesia a los tullidos, enfermos y ciegos? ¿Acaso la Iglesia no había sido instaurada por Jesús? ¿Era la Virgen una diosa? Estas y otras muchas interrogantes, que fueron la causa directa de miles y miles de perseguidos, represaliados y muertos en tortura o en guerra contra herejes, nos llevan a dos cuestiones: una, no sabremos nunca quién y como era Jesús, al margen de si realmente existió y otra, que desde luego, no fue como lo presentan las Iglesias y poderes político religiosos.

      Intuimos los puntos centrales de choque entre el Jesús que pudo existir y el Jesús oficial. Pero basta esa simple intuición, o si se quiere borroso y difuso conocimiento, para sembrar la discordia, ansiedad e inquietud en las Iglesias dominantes. La endeblez e inseguridad de fondo del dogma hace que una simple duda tambalee todo el montaje. Se ha presentado la historia de Roma, y de la teología, como la de una sólida roca que resiste impávida todos los envites de las fuerzas del mal. No es cierto. La historia de Roma es la historia de la permanente intervención de fuerzas político-militares y económicas en defensa de la débil teología. Frente al peligro de la duda razonada, la fuerza del acero.

      3-1.- Antecedentes:

      Hemos visto cómo en el cristianismo del siglo V el culto a dios era el culto al poder. No podemos hacer aquí siquiera una breve enumeración de los sucesivos pasos mediante los cuales el cristianismo fue soldándose más y más internamente con el poder en general y con sus formas concretas. Existe abundante y rigurosa bibliografía sobre las relaciones entre Roma y el imperio carolingio -la tarea histórica de Carlomagno en extender con la espada el culto a la cruz, dejando tras sí decenas de miles de muertos- y el sacro imperio romano-germánico. Otro tanto podemos decir del imperio bizantino y de la Iglesia ortodoxa.

      Vamos a referirnos sólo a los momentos realmente decisivos en los que el cristianismo, en cualquiera de sus corrientes, ha tenido que fortalecer, reafirmar o transformar sus fundamentos dogmáticos siempre en su esencial aleación con el poder de clase, patriarcal y etnonacional dominante.

      3-2.- Precapitalista:

      El primero fue el de las llamadas "cruzadas" que va del 1074 al 1291. Durante este tiempo, dentro del cristianismo y de la sociedad feudal se dieron cambios irreversibles. El fundamentalismo actuó hacia el exterior y hacia el interior pero la figura central en su modernización fueron Alberto el Grande y especialmente, Tomás de Aquino (1225?-1274). Desde la perspectiva teórico-crítica de este texto, lo que más nos interesa de la tarea de ambos teólogos, además de la 'Summa Theologica', obra central aun hoy en el fundamentalismo cristiano al margen de sus corrientes, del segundo, sino sus significativas aproximaciones a una especie de "ley del valor", es decir, a comprender la dinámica económica en un momento en el que el dinero empezaba otra vez a enseñorearse de la sociedad.

      Este esfuerzo no resultaría baldío a pesar de que durante años y años la doctrina oficial de Roma siguiese condenando la usura. La importancia del acercamiento de Alberto el Grande y Tomás de Aquino a una especie de ley del valor de la fuerza de trabajo, radica en que plantó la semilla para que posteriormente pudieran darse dos adaptaciones del dogma cristiano a las necesidades de la burguesía en ascenso: la primera, el movimiento reformista llamado protestantismo, que en realidad es mucho más amplio y complejo, y la segunda, bastante más tardía, la aceptación definitiva del capitalismo por Roma. De cualquier modo, llama la atención que el renacimiento teológico cristiano se diera gracias a la recuperación y reinterpretación de Aristóteles que también había avanzado sorprendentes ideas sobre la escabrosa cuestión del valor de la fuerza de trabajo humana.

      Debiéramos remontarnos ahora, siquiera con brevedad, a lo anteriormente dicho sobre la esencial imbricación del cristianismo con la lógica del beneficio de la economía dineraria, y a la vez, tras pasar por las tesis de Weber sobre las relaciones del capitalismo con la ética protestante, en el actual esfuerzo legitimador del neoliberalismo no sólo como práctica estrictamente económica, sino ético-moral. También tendríamos que introducir en esa reflexión el rechazo vergonzante de la Teología de la Liberación de la crítica marxista de la economía capitalista, pues nos haría comprender una de las impotencias genéticas del cristianismo: al rechazar la dialéctica materialista, atea militante, no puede comprender la crítica marxista de la economía burguesa, lo que le lleva a optar por la reacción o a moverse en el inseguro suelo de la ambigüedad, como le sucede a la Teología de la Liberación.

      Ocurre que, en contra de lo que se dice, el cristianismo defiende antes la propiedad privada que la propiedad colectiva. No es casualidad, ni mucho menos, que precisamente fuera en esta fase precapitalista, es decir, anterior a su irrupción definitiva en el siglo XVII, cuando se decretasen en Europa dos feroces cruzadas de exterminio de sendas herejías que, indirectamente la primera y más decididamente la segunda, cuestionaban la propiedad privada según se expresaban entonces. Me estoy refiriendo a la lucha contra los albigenses o cátaros justo en vida de Tomás de Aquino -Montsegur fue arrasado en 1244- y la posterior cruzada contra los husitas. Roma, y el resto de poderes, comprendieron que además de reivindicaciones de clase, etno-culturales y de género, también palpitaban reivindicaciones que cuestionaban la forma que entonces adquiría la propiedad privada. No se puede negar las repercusiones de tal contexto en la evolución teológica.

      El segundo fue el de la ruptura dentro del cristianos occidental, ya antes se había escindido el cristianismo oriental con la consiguiente pugna fundamentalista. En realidad, esta segunda fase dura desde el inicio del Renacimiento hasta el Tratado de Westfalia de 1648 teniendo diversas subfases que no podemos detallar. Lo que marca a esta fase es la aparición de una corriente cristiana especialmente apta y funcional para la expansión histórica capitalista a escala mundial. Dos son los grandes bloques de poder fundamentalistas enfrentados: el católico que se reorganizó y contraatacó con el largo Concilio de Trento, y el que podemos englobar dentro del término "protestante".

      Hay tres características comunes a ambos fundamentalismos: una, persecución de las masas oprimidas una vez afianzados en el poder. Los protestantes, fueran luteranos, calvinistas o anglicanos-metodistas de Cromwell, no dudaron ni un instante en depurar sus ejércitos y destrozar las organizaciones campesinas y artesanas. Dos, sobre todo los luteranos y calvinistas, persecución o tolerancia vigilante, en el caso inglés, de los avances científicos y la mentalidad laica, agnóstica, atea y materialista que ya despuntaban en los albores del siglo XVII y último; tres, apoyo legitimador al genocidio colonialista, con verdadero fervor cristiano y evangelizador capaz de palidecer el de las cruzadas matamoros.

      3-3.- Capitalista:

      El tercero fue el ya analizado en el cptº 1º, en el que históricamente aparece el término de "fundamentalismo". Cada una de las corrientes cristianas tuvo su evolución particular. La que a nosotros nos atañe, la católica, empezó en 1871 cuando con la independencia y unificación de Italia desapareció el Estado Vaticano. Un esfuerzo sistemático de refundamentación dogmática que tuvo sus ejes en cuatro puntos: dogma de la Virginidad de María; dogma de la infalibilidad papal; persecución del "modernismo" y condena del comunismo con la aceptación del capitalismo reformado con la "doctrina social" católica. La estrategia de Roma hasta los años sesenta de este siglo, con el pontificado de Juan XXIII, aun sufriendo cambios contradictorios a nivel táctico, se caracterizó por dos constantes: una, abrirse progresivamente al poder de EEUU y en especial al de su banca y otra, total enfrentamiento al comunismo variando los apoyos tácticos a las diversas fuerzas capitalistas según los vaivenes del momento.

      El cuarto y último momento de ofensiva fundamentalista es el actual. Cada corriente cristiana sigue ritmos propios pero se unifican en una gran ofensiva destinada a salvaguardar tres objetivos: uno, la supremacía de la "civilización occidental"; dos, el control de la actual revolución tecnocientífica y de sus consecuencias materiales, sociales, políticas, filosóficas y epistemológicas y último, tres, preparar las condiciones que determinarán los próximos problemas religiosos como resultado del caos civilizacional mundial. Las crecientes reuniones entre teólogos de las tres corrientes para ver cómo acortar y reducir distancias buscan eso. Cierto es que en otras épocas también se han mantenido encuentros similares, pero ahora es más fuerte la consciencia de concretar siquiera algunos puntos de unión más sólidos.

      En el caso católico, este cuarto momento empezó prácticamente al poco de acabar el Concilio Vaticano II. Es sabido que el hamletiano e indeciso Paulo VI no pudo ni tampoco se atrevió del todo a detener la creciente marea restauracionista interna. Las fuerzas que perdieron el Concilio Vaticano II ganaron poco a poco fuerza y poder gracias, sobre todo, a las directas presiones de EEUU y el imperialismo en su conjunto. Tras la muerte de Paulo VI en 1978, esas fuerzas no vieron con agrado a su sucesor, Juan Pablo I, y "alguien" dentro del Vaticano lo envenenó a los 33 días de su nombramiento. El escándalo por su repentina muerte y la cantidad de irregularidades, sospechas muy fundadas y rumores nunca desmentidos, pudo que haber sido demoledor para Roma de no haber funcionado una especie de "conjura del silencio" de la prensa internacional que primero desvió el tema y luego lo silenció.

      Juan Pablo II fue elegido en octubre de 1978, el primero no italiano desde 1523. Sus tres fundamentales decisiones en el primer año de su pontificado beneficiaban en directo a EEUU: en enero de 1979 viajó a América Latina y en el mensaje de Puebla mandó a los católicos que desistiesen de cualquier colaboración con las luchas revolucionarias y progresistas. En junio de 1979 viajó a su Polonia natal iniciando lo que luego sería injerencia permanente en la crisis incontenible del stalinismo y por último, el octubre de ese año, tras un rápido paso por Irlanda, visitó EEUU en un viaje que tuvo tres niveles: uno de loas y bendiciones a ese país, sin criticar nunca su política interna y externa; otro de condena implacable de las tímidas reformas católicas y especialmente en las que atañía a la mujer, y un tercero celosamente secreto.

      A la vuelta del país del dólar, tras descansar, convocó un Consistorio en el Vaticano al que tenían que acudir obligatoriamente todos los cardenales del mundo, incluidos los de más de 80 años a quienes Paulo VI había retirado el derecho de voto en los cónclaves. Era la primera vez en la historia de las Iglesias en su conjunto en la que se convocaba un Consistorio estando vivo el Papa. La prensa mundial especulaba con rumores de todas clases. Reunido el Consistorio el 4 de noviembre de 1979, doce meses y medio después de su nombramiento, Juan Pablo II les habló de una supuesta crisis financiera del Vaticano y de la necesidad de recuperar su economía. De hecho se trataba de pedir ayudas a las potencias capitalistas y en concreto a EEUU.

      Desde finales de la II Guerra Mundial las "ayudas económicas" yankis al Vaticano habían sido enormes y periódicas, generalmente en silencio porque las iglesias protestantes yankis no las veían bien. Truman, el presidente bajo cuyo mandato se inició la Guerra Fría en 1948, pretendió que EEUU tuviera embajador oficial en Roma y muy estrechas relaciones políticas con el Vaticano, pero la resistencia interna le impidió lograrlo del todo. Pese a ello, los servicios de información del Vaticano -de los mejores del mundo- empezaron a colaborar íntimamente con la CIA. Se sabe que ya en 1942 Roma enviaba al Pentágono información secreta de extrema importancia sobre frentes de guerra tan lejanos como el japonés. Tan profundas relaciones permitían a Juan Pablo II pedir más "ayuda". El precio a pagar estaba pactado.

      La historia reciente del catolicismo es ya conocida en sus trazos más gordos y además ahora no podemos extendernos en un análisis detallado de la verdadera contrarreforma fundamentalista destinada a borrar los restos del Concilio Vaticano II. Sintéticamente podemos resumirla en cuatro puntos: uno, una inmensa corrupción político-económica interna, con intervención de la Mafia, logias fascistas, gran banca, prensa. Dos, apoyo a la Guerra Fría y a su segunda fase iniciada por Reagan y tras 1990, apoyo al "Nuevo Orden Mundial" de Bush y a la "civilización occidental". Tres, retroceso al más oscurantista e irracional dogma tridentino: infierno, pena de muerte, milagros, beatificaciones y santificaciones, condenas del "modernismo", denuncias a la "ciencia deshumanizada", etc. Cuatro, obsesiva y ultrarreaccionaria defensa del patriarcado, condena de los derechos de la mujer, persecución de la libre y consciente sexualidad y maternidad, etc.

      3-4.- Constantes:

      El fundamentalismo cristiano tiene todas las identidades del fundamentalismo religioso anteriormente descritas, pero además tiene características propias, exclusivas sólo de él que no aparecen en los otros.

      Lo que diferencia al fundamentalismo cristiano de los restantes es su esencia occidental.

      El cristianismo es el instrumento por excelencia de la penetración y expansión del capitalismo a escala mundial incluso sin dominar oficial y masivamente en las zonas donde arrasaba el capitalismo. Por ejemplo, el cristianismo no era la religión dominante en la India destrozada por el colonialismo inglés, pero sin embargo Inglaterra usó internamente de ese fundamentalismo para argumentarse a sí misma su "misión civilizadora". Todo el colonialismo e imperialismo se incluye en este ejemplo esclarecedor, por no recurrir a la "tarea civilizadora" del imperio español en América Latina.

      Incluso cuando la expansión por Asia Oriental del imperialismo japonés cimentado simbólicamente en el sintoísmo y panasiatismo, el fundamentalismo cristiano sirvió como legitimador de las resistencias proaliadas de países tan importantes como Filipinas, aunque su mayor papel fue la legitimación civilizatoria dada a la contraofensiva de EEUU. El colonialismo e imperialismo capitalista siempre ha sabido "convencer" a las corrientes cristianas para que se presentasen como portadoras de civilización y progreso. La experiencia de las "encomiendas" jesuitas en Paraguay, de las experiencias milenaristas protestantes y socialistas utópicas cristianas en EEUU, de las sectas protestantes en Centro y Sudáfrica, de los centros rusos ortodoxos en Siberia, son ejemplos de una forma muy precisa procapitalista y prooccidental de evangelizar independientemente de la corriente cristiana. No hace falta extendernos en el comportamiento actual.

      Además de esta especificidad única, el fundamentalismo cristiano ha tenido unas constantes que le han recorrido al margen de sus divisiones internas. Visto varias a lo largo de estas páginas: patriarcalismo, reaccionarismo de clase, condenas o precauciones represivas ante la ciencia. Es verdad que el protestantismo supuso una racionalización del dogma según las necesidades de las ya asentadas burguesías, y que ese esfuerzo fue parte del desarrollo general de los valores progresistas burgueses. Pero cuando esa clase tuvo la necesidad de reprimir a los campesinos, artesanos y obreros, masas populares y coloniales, no dudó en aplicar una violencia fundamentalista tanto o más atroz que la católica.

      Esta es una constante del fundamentalismo cristiano: la primacía del interés de clase por encima de los intereses abstractos. Otra es que todas sus tendencias críticas internas, en especial en el catolicismo, mantienen siempre un núcleo esencialmente dictatorial en el sentido del dogma cristiano de "salvación" y de la escatología. Veremos este asunto en el último capítulo al analizar la Teología de la Liberación.

      El fundamentalismo cristiano ha tenido una aplicación sistemática en y mediante el imperialismo yanki. Vamos a recorrer con cierto detalle la política exterior de EEUU haciendo especial hincapié en sus consecuencias sobre los pueblos musulmanes y árabes. Conociendo la responsabilidad histórica de la santa alianza entre el fundamentalismo cristiano y el imperialismo yanki comprenderemos el resurgimiento del fundamentalismo de respuesta árabe-musulmán.

      4.- Cristo, dólar y Corán.


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